DEFENDER AL CONSUMIDOR ES APOYAR AL PRODUCTO

portadadefenderalconsumidor¿Por qué leer esta cartilla?

Cada vez que ingresamos a un supermercado o a un centro comercial, vemos enormes vitrinas y góndolas abarrotadas de mercancías, que consumimos por diversas razones: por necesidad, como los alimentos o la ropa. Otras porque consideramos que mejoran nuestra calidad de vida, como electrodomésticos o aparatos de cómputo. Hasta hace un par de décadas, muchas de las cosas que allí encontrábamos eran el resultado del esfuerzo conjunto entre empresarios y trabajadores nacionales. Lo lamentable es que en la actualidad, la mayoría de las cosas que consumimos los colombianos son importadas.

Lo anterior significa solamente una cosa: a diferencia de los países más ricos del planeta, los colombianos no producimos las mercancías que necesitamos para llevar una vida más digna. Las empresas en la industria y el agro cierran, lanzando a las calles a miles de trabajadores. Estas personas, cuya única opción son trabajos mal remunerados, en el rebusque o en un call center -por ejemplo- consumen cada vez menos o se endeudan cada vez más. En resumen, los almacenes se llenan de mercancías que no podemos consumir, porque los ingresos no alcanzan. A eso se debe que el mayor turismo sea el de pasear por horas por los centros comerciales, admirando las cosas maravillosas que ofrecen, pero que no podemos comprar. 

¿No es increíble que un territorio con tantos recursos humanos y naturales, una posición geográfica estratégica y la posibilidad climática y geográfica de cultivar, tengamos que traer los alimentos y mercancías de naciones mucho menos privilegiadas?  ¿A quién se le ocurriría comprar los huevos al vecino teniendo una gallina en la casa? ¿O revisar el correo electrónico en un café internet, teniendo conexión propia?
En esta cartilla intentaremos explicar por qué se realizaron los malos negocios que tienen hoy al país cada vez más rezagado con respecto a las naciones más ricas del planeta. Cómo es que los colombianos ya no fabricamos ni las camisas que vestimos, ni los zapatos que calzamos, ni los vehículos en que nos transportamos, ni los teléfonos que nos comunican. Lo peor, es que en poco tiempo podríamos olvidar cómo se hacen, y en caso de que un día queramos fabricarlos, será un camino mucho más difícil de transitar. Sin duda, detrás de esta decisión hay unos responsables. También plantearemos una solución.

El título de este documento plantea una discusión: ¿consumidor o productor? En el desarrollo veremos que fuimos engañados, al ser sometidos a esa falsa elección. También nos dijeron que debíamos escoger entre Estado o Libre Comercio, opción que no siguió potencia alguna. Para cumplir el objetivo de la cartilla planteamos 4 preguntas y respuestas.  Para facilitar el análisis, vamos a referirnos específicamente al caso de la industria. Esperamos que al final, usted esté tan convencido como nosotros de la necesidad de corregir el rumbo.

¿Qué hicieron los países para desarrollarse?


Hace más de 230 años, en Inglaterra, tuvo lugar uno de los procesos más importantes para explicar la forma de organización de nuestra sociedad actual: la Revolución Industrial. Antes de ella, las familias cultivaban sus propios alimentos, tejían su propia ropa y construían sus propias viviendas. Era una vida sencilla, sin duda, pero privada de las ventajas que ha traído la ciencia y la tecnología moderna. Por ejemplo, el uso de la medicina, el acueducto y alcantarillado, los medios para transportarnos en menor tiempo y comunicarnos con otros seres humanos, no importa en qué lugar del planeta se encuentren.

Durante ese periodo, un filósofo escocés, Adam Smith, analizó que la prosperidad de una nación se explicaba por la interacción entre materiales, energía, máquinas y mano de obra. Como resultado, se obtiene una mercancía. Cuando esta mercancía, que es útil, se vendegracias al comercio-, la riqueza se materializa. Esta explicación tan sencilla permitió conocer porque fracasaron los reinos que solo acumularon oro y plata, sin producir nada.

El comercio es -sin duda- un elemento importante, porque permite restituir lo que se invierte en la elaboración de la mercancía. Sin embargo, la ecuación estaría incompleta si al comercio no se suma el aspecto más importante para que éste pueda darse: la producción y el trabajo. Estos son la base fundamental de la riqueza de una nación. Smith profundizó en esta idea, explicando que, en términos de creación de riqueza, es diferente el comercio realizado con mercancías producidas localmente, que el que se realiza con mercancías extranjeras. Solo el primero es capaz de estimular “a la industrial y al trabajo productivo del país”, según el autor.


Siguiendo este principio, Estados Unidos, tan pronto se independizó de Inglaterra en 1776, adoptó políticas de fuerte intervención del Estado para producir y crear trabajo, aunque en principio se pensó que estas podrían ir en contra de los consumidores. Su objetivo fue “reducir la dependencia de los países europeos en cuanto a las manufacturas necesarias para la subsistencia y estimular el aparato productivo para convertir a los Estados Unidos en una nación pujante y próspera”, como lo cuenta el profesor Beethoven Herrera.

Todos los países que lograron industrializarse, actuaron a través del Estado para proteger y estimular a sus productores nacionales. En ningún caso podría considerarse que sus decisiones estaban pensadas en contra del resto de la sociedad. Por el contrario, la riqueza producto de la producción y el trabajo, era una aspiración de todos.

Japón, por ejemplo, ha utilizado políticas públicas para proteger a sus productores y trabajadores, prohibiendo que inversionistas foráneos pudieran tener mayoría en los negocios estratégicos de esa nación. Corea también implementó planes quinquenales para crear y defender su industria local, hasta el punto de prohibir inversión extranjera en áreas de interés.

En China, el gobierno ha impuesto a los inversionistas que una parte de su producción tiene que ser elaborada con componentes locales. También el gobierno invierte en ciencia, tecnología y capacitación laboral.

Alemania, Francia, India, Brasil y los demás países con fuertes sectores agrícolas e industriales, hacen lo mismo, definiendo políticas de intervención estatal en defensa de sus productores. En resumen, ni durante la revolución industrial, ni en ningún periodo posterior hasta nuestros días, los países industrializados se vieron enfrentados a la disyuntiva de consumidores y productores, y menos entre Estado o mercado.

¿Qué hizo y qué no hizo Colombia en materia industrial?


Intervención estatal a favor de la industria

Lo que hicieron los países que se industrializaron, sirve de marco general para analizar el estado de la producción en Colombia. En este caso, puede demostrarse que cuando el gobierno siguió medidas para defender a los productores y a los trabajadores nacionales, la situación económica del país en su conjunto marchó mejor.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el Estado intervino activamente en la economía. El objetivo era lograr sustituir la importación de bienes de consumo e intermedios por producción local, y más adelante hacerlo para bienes de capital. Para ello se establecieron: altos aranceles, control cuantitativo de las importaciones, tasa de cambio sobrevaluada y crédito de fomento con tasas de interés subsidiada para actividades de la industria y el agro.

 Intervención estatal en contra de la industria

Sin embargo, este impulso industrializador se estancó. La tarea no se hizo completa y faltaron esfuerzos en innovación tecnológica por lo que no se creó conocimiento, lo que se tradujo en bajos niveles de productividad y de competitividad internacional.

Para la década de 1980 se habían abandonado muchas de las medidas que permitieron el crecimiento industrial.

En 1981, el entonces Representante a la Cámara, César Gaviria Trujillo, manifestó en un foro de la Asociación Bancaria Colombia, que no parecía razonable “buscar en el desarrollo de nuestro comercio exterior un elemento muy dinámico para el desenvolvimiento de la actividad económica interna (…) No parece entonces justificable intentar exportar a elevados costos sociales” (…) “En el próximo quinquenio parece más razonable concentrar nuestras limitados recursos fiscales y monetarios en el desarrollo de nuestro mercado interno (…) realizando una mayor intervención para orientar de manera más eficiente el desarrollo del sector industrial y agrícola”.  Según Gaviria, la política exportadora había sido “equívoca”, como lo demostraban las experiencias de países del sudeste asiático. En cambio, para Gaviria “el papel de la demanda interna seguirá siendo la crucial en cualquier país” (Tomado del libro: El Estado y la actividad económica, de Mauricio Cabrera, 1981. Páginas 36 y 37).

Pero cuando llegó al poder en 1990, sus decisiones fueron totalmente contrarias a lo planteado anteriormente. Las políticas recetadas por organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial implicaron la privatización de las empresas estatales de servicios públicos, la reducción de las obligaciones del Estado en materia de intervención económica, la desregulación en materia laboral y la apertura comercial y financiera.

Los resultados

Como consecuencia, la industria no siguió desarrollándose y, por el contrario, se estancó y afronta en la actualidad un proceso de extinción. De haber representado un 23,5% de la producción total para 1975, en 2002 la industria cayó a 14,5% y para 2013 solo representaba el 11,2% del PIB, según cifras del DANE. En la Tabla 1 puede apreciarse claramente cómo ha sido el proceso.


En términos de creación de valor agregado, el panorama para la industria no es menos desalentador. Entre 2001 y 2006 creció a una tasa promedio anual de 13%, pero en el periodo 2007-2011, lo hizo solo al 6,6%. De hecho si se compara el valor agregado con la producción bruta total, en 2000 era el 44% y para 2011 había caído a 40% (DANE).

La explicación en el descenso de la producción no está en el mercado interno, pues el consumo de bienes y servicios, a precios constantes para el año 2012, fue de 307 billones de pesos, una cifra nada despreciable, que en la última década creció en 60%. Es presumible entonces, que las mayores necesidades de consumo, frente a una menor producción nacional, estén siendo atendidas con producción y empleo extranjero.

La industria ha sido uno de los sectores más afectados por el hecho de que entre 2000 y 2012 crezcan más las importaciones (9,5% promedio anual) que las exportaciones (5%). Al presentarse una menor producción industrial interna, las necesidades de este tipo de bienes necesariamente deben compensarse con oferta de otros países. En el año 1992 las importaciones industriales sobre la producción total eran del 24% y para el año 2013 había crecido al 76,8%, según las cifras oficiales.

Los problemas para vender manufacturas a otros mercados son más notables en algunos sectores. Por ejemplo, en toda la cadena textil y confecciones, en 2008 se exportaron US$ 2.063 millones, mientras en 2013 se exportó menos de la mitad, apenas alcanzando US$ 995 millones (DANE, 2014), develando una crítica situación de este sector, configurada en muy poco tiempo y de la cual será difícil recuperarse. En la industria de calzado, en otras épocas una fuente considerable de ingresos y empleos para el país, en 2008 se exportaron US$ 220 millones de dólares y para 2013 a duras penas se exportaron US$ 51 millones, de acuerdo al DANE.

¿Cuál es el presente y el futuro del país en los TLC?


En medio de esta crítica situación para la economía del país, y especialmente para sectores productivos como la agricultura y la industria, el Estado decidió intervenir una vez más en contra de la producción y el trabajo nacional, negociando e implementando varios Tratados de Libre Comercio.

Buscar oportunidades de comercio en otras naciones es una lógica deseable. Pero la apertura comercial no justifica la quiebra de la producción nacional. Los TLC son malos negocios porque imponen una restricción, en un marco normativo global, para que el Estado pueda actuar protegiendo y estimulando sectores nacionales, de acuerdo a intereses soberanos.

Con la falsa teoría de que los países más desarrollados son los que más exportan, Colombia renunció a la industrialización y sentenció que nuestra participación en la economía mundial es la de proveer las materias primas, para que otros las transformen y nos las vendan en forma de mercancías terminadas. Por ejemplo: vender flores, carbón y níquel, para comprar automóviles,
celulares y computadores. La justificación consiste en hacernos creer que no tenemos ventajas comparativas en lo primero, pero no en lo segundo. ¿Acaso Japón tiene alguna ventaja comparativa además de su gente? ¿Qué ventaja comparativa tenía Corea del Sur en la década de 1950, cuando era considerada una tierra de miseria y caos? ¿Cuál es la ventaja en el reciente desarrollo industrial ecuatoriano? Las ventajas comparativas no se tienen, se crean.

Si la teoría mencionada fuera cierta, podría hacerse una clasificación, según las exportaciones como porcentaje del PIB, de un grupo de países con diversas características. El ranking daría que República Democrática del Congo es tan rico como Alemania, pues ambos exportan el 48% de su producción total. Sin embargo, la realidad es que el PIB alemán es 265 veces más grande que el congolés. Sierra Leona sería igual de rico a Inglaterra, porque ambos exportan el 30% de su producción. Pero, de nuevo, la producción inglesa es 650 veces más grande que la del país africano.

En este sentido, lo que explica la riqueza de una nación no es su grado de apertura comercial, sino la sofisticación de su producción, que lo lleva a particiar de manera gananciosa en las relaciones económicas mundiales. La prueba es que dos terceras partes de las exportaciones mundiales corresponden a bienes industriales. El 90% de esas mercancías las vende Estados Unidos, la Unión Europea y otros 13 países. De este comercio, que vale 11,5 billones de dólares, Colombia participa con el 0,09%.  Es decir, que hablar de la inserción de nuestro país a mercados mundiales es un engaño.

Lo importante -entonces- no es exportar, sino qué se exporta.

La riqueza de una nación no es el comercio en sí mismo, sino su composición. Los hechos demuestran que Colombia no se
beneficiade su comercio ni de sus negocios con el mundo. Entre 2000 y 2012, la Cuenta Corriente, que mide esta relación económica, acumuló un saldo negativo por US$ 57.231 millones, según cifras del Banco de la República, probando que somos incapaces de ganar lo suficiente para comprar al mundo lo que necesitamos.

Todo lo anterior + TLC

Los TLC son incompatibles con las políticas que Colombia debería implementar para reindustrializarse. La razón es que en ellos el país asume compromisos en un marco normativo internacional, que tiene como propósito asegurar que no vamos a copiar las mismas estrategias que siguieron los países más industrializados del mundo. En este sentido, es cierto que hacemos parte de la comunidad global, pero no en condición de socios, sino de sometidos.


Algunas de estas medidas son:

a. La protección a la inversión extranjera: el país se comprometió a no poner ningún obstáculo injustificado al comercio, como por ejemplo, intervenir en la defensa de la industria local. Esto es considerado en los TLC como un obstáculo injustificado al comercio. En los TLC, Colombia tiene que brindar el mismo trato a un inversionista extranjero que a uno local.

b. Solución de controversias: las diferencias entre Estado y socios foráneos, se resuelven por fuera de las instituciones jurídicas nacionales. Más específicamente en el tribunal de controversias del Banco Mundial. Es decir, que se viola la independencia judicial del país.

c. Expropiaciones: si alguna decisión del Estado es considerada por los socios extranjeros como una medida que afecta sus ganancias “ciertas o probables”, el inversionista puede reclamar una indemnización de nuestro país.

d. Mecanismos de defensa comercial: las medidas antidumping, compensatorias y salvaguardias, son instrumentos usados para impedir el ingreso temporal de mercancías, si existen riesgos para la producción local. En los TLC estos mecanismos son débiles, transitorios y solo si se cumplen ciertos requisitos.


e. Subsidios:
mientras Estados Unidos, la Unión Europea y otras potencias utilizan subsidios para defender a sus productores, Colombia eliminó los aranceles, que son barreras administrativas a la entrada masiva de mercancías que arruinan a los productores locales. Además, tampoco puede utilizar mecanismos económicos para proteger a un sector específico de la competencia extranjera.

Estas son algunas de las razones que imposibilitan que nuestro país pueda enfrentarse en condiciones justas y equitativas a los países con quienes suscribió los TLC. Pero además, aunque los productores nacionales que todavía subsisten han logrado superar las barreras construidas por el Estado, también deben enfrentarse a la falta de competitividad del país, que lo ubica en el puesto 69 entre 144 países, por debajo de Perú, Costa Rica y Chile.  Es decir, aún si los productores no tuvieran una intervención estatal en su contra y marcos normativos internacionales que los perjudican, todavía Colombia debe enfrentar la realidad de una infraestructura atrasada, costos de energía elevados, ausencia de inversión en investigación y desarrollo, nulos estímulos a la creación de patentes, educación de baja calidad y costos financieros onerosos, entre otros.


Frente a esta situación, el Estado evade su responsabilidad con el argumento de que está defendiendo a los consumidores y eso justifica las importaciones masivas de bienes que podemos fabricar en Colombia. De esta forma, queda claro que la apuesta oficial no es por la producción, sino simplemente por la reventa de mercancías. ¿Cuál es el problema? Que cuando el comercio es realizado con mercancías elaboradas en el país, crea riqueza y empleos tanto en la elaboración misma del producto, como en su venta; es decir que la ganancia es doble. Cuando ese comercio se realiza con mercancías traídas de otros países, la primera forma de riqueza y de trabajo
mencionada -por obvias razones- desaparece; entonces las ganancias se reducen a la mitad, provocando pérdida para la sociedad en su conjunto.

En el corto plazo, el comercio de mercancías importadas puede crear la ilusión de prosperidad. Piense, por ejemplo, en largas filas personas en supermercados y centros comerciales comprando televisores, ropa y alimentos importados, creando ríos de dinero fluyendo hacia sus productores en Japón, China o Estados Unidos. Pero cuando se quiebran los productores del agro y de la industria, miles de personas son lanzadas a la calle sin salarios, cuya opción es dedicarse al rebusque o trabajos de baja calidad y mal remunerados. A menor ingreso, menos consumo.

No hay política más desfavorable para los consumidores que atentar contra un empleo estable. Aquel que solo se encuentra en actividades de alto valor agregado en la agricultura, en la industria o en servicios especializados como la educación, la salud y la computación, por mencionar algunos. Justamente, estas áreas el Estado decidió abandonarlas a su suerte, con la firma de los TLC que crean la espejismo de llegar a 1.400 millones de clientes, a quienes no tenemos nada que venderles.

Finalmente, los resultados son contundentes. En los primeros nueve meses del 2014 acumulábamos un déficit comercial con Estados Unidos por US$ 2.279 millones, después de haber tenido un superávit por US$ 8.991 millones en 2011. Es decir, que en dos años del acuerdo, perdimos más de 23 billones de pesos en comercio, y apenas estamos comenzando.

¿Qué deberíamos hacer?

Mientras las potencias del mundo, gracias a su industria, localizan un cometa a más de 500 millones de kilómetros de nuestro planeta, fabrican un aparato capaz de perseguirlo, aterrizar en él a más de 50.000 kilómetros por hora y enviarnos fotos y datos, en Colombia nuestros gobernantes siguen insistiendo en que el desarrollo está en producir y vender pitahayas y uchuvas. Es decir, que siguiendo las recetas de Haití vamos a convertirnos en Suiza.


Los países más industrializados desarrollan maravillas que sorprenden a la humanidad, pero en Colombia ya no producimos ni siquiera los lápices de colores. La ventaja de los avances científicos y tecnológicos entre las potencias y nuestra nación es cada vez más escalofriante. Dominar la tecnología no es aprender a manejar una Tablet, sino poder hacerla, y para eso estamos todavía bastante lejos.  Peor aún, a nuestro gobierno le parece una brillante idea comprarla ya hecha, pagando con petróleo, como si fuéramos Arabia Saudita, cuando solo tenemos reserva para 6 años.

A esta situación no llegamos por azar. Los responsables se encuentran en quienes han defendido la idea de que el Estado no debe intervenir para proteger y estimular a sus productores y trabajadores. Desconociendo lo que han hecho países exitosos, suscribieron malos negocios en los TLC, que tienen al país en una profunda crisis económica.


No cuestionamos la importancia del comercio internacional, pero insistimos en la que tiene la agricultura, la industria y los servicios de alto valor. Un discurso verdadero en favor de los consumidores, no es el que destaque que los supermercados están abarrotados de mercancías, sino el que defienda el trabajo que genera el ingreso capaz de adquirirlos. El peor enemigo del consumidor no es el productor nacional, sino el desempleo, que promueven quienes defienden a los TLC.

La única posibilidad para retomar la senda correcta, es que millones de colombianos conozcan la realidad de los resultados de los TLC. Que los pongamos al desnudo, tal y como son: malos negocios para los trabajadores, malos negocios para los agricultores e industriales, y malos negocios para los consumidores.

Cuantos más colombianos conozcamos esta situación, más fácil será ponernos de acuerdo en acciones conjuntas para expresar nuestro rechazo al Gobierno Nacional, a los Senadores y a los Representantes a la Cámara, responsables de su aprobación. También debemos mostrar a los colombianos quiénes son los funcionarios y congresistas que votan a favor de estos malos negocios, impidiendo el desarrollo del país.

Finalmente, si somos capaces de frenar la aprobación de nuevos TLC, como el que se pretende con Corea del Sur, podremos lograr que se busque la renegociación de los malos negocios, como es lógico. Cuando alguien hace un mal negocio no lo repite una y otra vez. Por el contrario, se detiene, reevalúa y procura cambiar las condiciones que provocan pérdidas.

Solo de esta forma Colombia podrá ser una nación con prosperidad para sus habitantes, eliminando las causas de la pobreza.

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